Ajustarse al ritmo del mundo forma parte de la profunda sabiduría de las sociedades equilibradas. Así como, de hecho, debería ser para cada uno de nosotros. Eso es lo
que está en la base del sentido de la medida. El “sentido común” que, según Descartes, es la cuestión mejor compartida. Sentido común que parece haber
desaparecido en nuestros días. Simplemente porque la opinión publicada está totalmente desconectada de la opinión pública. Pero ¿por mucho tiempo? Esta desconexión está cubierta. Es la consecuencia de una estructura antropológica muy antigua: la estrategia del miedo.
La estrategia del miedo para mantenerse en el poder
Hace mucho tiempo, el poder clerical se impuso a lo largo de toda la Edad Media con la amenaza de los suplicios eternos del infierno. El protestantismo hizo basar “el espíritu del capitalismo” (Max Weber) sobre la teología de la “predestinación”. Comprobar la elección divina: ser elegido o damnificado conlleva la sacralización del “valor trabajo”. ¡La economía de la salvación desemboca en la economía stricto sensu!
En el declive actual de los valores modernos, entre los cuales está el trabajo y una concepción simplemente cuantitativa de la vida, la forma en la que la oligarquía mediáticopolítica pretende mantenerse en el poder es abusando del miedo a la enfermedad. El miedo
a la pandemia nos lleva a una psico-pandemia de dimensiones inquietantes.
Como aquellos que supuestamente dirigen el Infierno o la Salvación, la implantación de un “Alto comisario de la Felicidad” no tiene como único objetivo la esclavitud del pueblo. De eso trata la “violencia totalitaria” del poder: la protección requiere la sumisión; la salud del alma o
del cuerpo no es más que un simple pretexto.
El espectro eugenista, la asepsia de la sociedad y el riesgo nulo son buenos medios para impedir arriesgar la propia vida. Es decir, ¡se trata de vivir, nada más! Pero vivir, ¿no consiste en aceptar la finitud? Eso es lo que no quieren admitir los que están afectados por el “virus del bien”. Por utilizar una juiciosa metáfora de Nietzsche, su “moralina” es la más peligrosa para la vida social, para la vida a secas.
La moral como instrumento de dominación
La moral es un instrumento de dominación. Como decía Marx a propósito de la burguesía: la oligarquía “no tiene moral; se sirve de la moral”. El moralismo funciona siempre según una lógica del “deber ser”, lo que deben ser el mundo, la sociedad, el individuo y no lo que esos
entes son en realidad en sus vidas cotidianas. Es eso mismo lo que hace que, en sus ambientes, las élites desfasadas no saben o no quieren ver el aspecto arquetípico de la finitud humana. Finitud que las sociedades equilibradas han sabido afrontar.
En eso consiste el “ciclo del mundo”. ¡Mors et vita! El ciclo mismo de la naturaleza: si el grano no muere… ¿Cómo explicar que la belleza del mundo nace, precisamente, en el humus? Es en el estiércol donde salen las flores más bonitas. Existe una regla universal por la que el sufrimiento y la muerte son garantía de futuro.
Es decir, los pensamientos y acciones de la vida real son las que saben integrar la finitud consustancial a la naturaleza humana. O a la naturaleza a secas, pero eso nos obliga a admitir que, en lo puesto de una historia “progresista” que supere dialécticamente el mal, la disfunción y, por qué no, la muerte, hay que acostumbrarse a un destino trágico donde el azar, la aventura y el riesgo ocupan los mejores sitios.
Por una filosofía progresiva
Más allá del racionalismo progresista, esta filosofía progresiva es la que sirve de base a la sabiduría popular. Sabiduría que la estrategia del miedo del microcosmos insiste en negar. Y ello poniendo en funcionamiento lo que Bergson llamaba “la inteligencia corrupta”, es decir,
pura y simplemente racionalista.
Así, el funambulismo del microcosmos se emplea en crear una masa ingente de zombis. Muertos vivientes que van perdiendo poco a poco el gusto dulce y amargo a la vez de la existencia. Por la mascarada generalizada, el hecho de percibirse como un fantasma se convierte en real. Desde ese momento, es lo real lo que se convierte en fantasmagórico a su vez.
Mundo fantasmagórico que va a ser analizado del mismo modo. Así, al no poder “descifrar” el sentido profundo de una época, la modernidad, que se acaba, y al no poder entender la posmodernidad en gestación, se realizan discursos cada vez más frívolos. Frivolidades rellenas de cifras banales y abstractas.
En este sentido es asombroso ver cómo la cuantofrenia se ha convertido en la Verdad incuestionable. Carl Schmitt o Karl Löwith recordaron, cada uno a su manera, que los conceptos utilizados en análisis político no son más que conceptos teológicos secularizados.
La dogmática teológica propia a la gestión del Infierno o la dogmática progresista que habla del “valor trabajo” se dan la vuelta en “cientifismo” que pretende decir la verdad de una crisis de civilización reducida a una crisis sanitaria. “Cientifismo” ya que el culto a la ciencia es
omnipresente en los diversos discursos propios del pensamiento progresista.
Ese extraño culto a la Ciencia
Es asombroso observar que las palabras o expresiones, ciencia, científico, comité científico, confiar en la Ciencia y otras del mismo tipo son como claves que abren la puerta al saber universal. La Ciencia es la fórmula mágica por la cual los poderes burocráticos y mediáticos son los garantes de la organización positiva del orden social. Incluso las redes sociales censuran a los internautas que “no respetan las reglas científicas”, es decir, que tienen una interpretación diferente de la realidad. ¡Duda y originalidad son las raíces de todo “progreso” científico!
Olvidando que las paradojas de hoy se utilizan en los paradigmas del mañana, lo cual es lo propio de una ciencia auténtica que reúna la intuición y la argumentación, los sentidos y la razón, el micromos se contenta, sin embargo, con un “decorado” cientifista propio del ajetreo desordenado que le caracteriza.
Demócratas, puede ser, pero demófilos , seguro que no
Políticos, periodistas y expertos, hablando hasta la extenuación, están en sus asuntos:
instruir y dirigir al pueblo, aunque sea contra el pueblo mismo. Eso es así porque los demócratas autoproclamados son muy poco demófilos . En el nombre de lo que denominan Ciencia, van a tachar de populistas o conspiracionistas a todos aquellos que no se sumen a
sus lugares comunes.
De hecho, podemos devolverles el cumplido. Basta con escuchar, para los que todavía tengan ánimo, su cansina logorrea, para preguntarse si no son ellos, los cazadores de fake news, los protagonistas fundamentales de una auténtica “conspira-esfera”. Y ello porque se contentan con poner al mundo como espectáculo.
Por retomar las palabras de Platón, que describía el declive de la democracia, la teatrocracia es su punto en común. Política-espectáculo de diversos políticos, simulacro intelectual de expertos de pacotilla e innombrables banalidades de periodistas complacientes con los primeros, esos son los elementos más importantes que constituyen el guirigay propio de lo que podemos llamar la mediocridad de la mediacracia.
Frente a la inquisición de la info-esfera
He calificado ese guirigay de “info-esfera”. Nueva inquisición, la de una élite desfasada que mira mal al pueblo indecoroso y a todos aquellos que no se sumen al catecismo de la corrección política. Mirar mal es considerarles como particularmente peligrosos. Y, en efecto, el pueblo es peligroso. No son menos peligrosos aquellos que no consiguen tomarse en serio la farsa sanitaria puesta en escena por los teatrócratas en el poder.
Se necesitaría la pluma de un Molière para describir, con finura, sus arrogantes hipocresías. Su fariseísmo, con el objetivo de fortalecer el miedo, puede ir hasta suscitar la delación y la denuncia de aquellos que no respeten las distancias o que rechacen participar en el juego de máscaras dominante. Su jesuitismo puede llegar a favorecer la conspiración del silencio respecto del descreído (aquel que pone en duda a la Ciencia), hasta llegar a su expulsión pura y simple de las redes sociales.
En todos esos casos, se trata de la revivificación inquisitorial. El señalamiento según el Index librorum prohibitorum. Delación y prohibición según el método habitual de la Inquisición: por medio de procedimientos secretos. La casta es el elemento determinante de
la hipocresía mediático-política. La “ley del silencio” mafiosa: falsos testimonios, informaciones trucadas, medias verdades, disimulos, etc. He ahí el modus operandi del engaño en curso.
Esas son las características esenciales de la “info-esfera”, verdadera esfera de la conspiración dominante. Mafia, según la definición que he propuesto a las élites, que reúnen a los que tienen el poder de decir y de hacer. Me gustaría recordar aquí, de nuevo, una dura expresión de Joseph de Maistre para describir a aquellos que están lejos de la vida real: “la mundanal chusma”.
En eso consiste el núcleo del conspiracionismo de la “info-esfera”: agitar “mundanalmente” el miedo al infierno contemporáneo. Ansiedad, restricción de libertades aceptada, cobardía, angustia difusa y todo ello en nombre de lo sanitario.
Una verdadera psico-pandemia
Sin negar la realidad y la importancia del virus, sin menospreciar el hecho de que haya podido provocar una cantidad importante de fallecimientos, lo cual no es de mi competencia, hay que señalar que el “virus” se ha introducido de forma esencial en nuestras cabezas. Eso
nos lleva a hablar de una “pisco-pandemia” suscitada y promovida por la oligarquía mediático-política.
Psico-pandemia que es la consecuencia lógica de lo que Heidegger llamaba el “pensamiento calculador” el cual, obnubilado por las cifras y lo cuantitativo, y fascinado por
una lógica abstracta del “deber ser”, olvida el largo rumiar del “pensamiento meditativo” el cual sabe ajustarse más o menos a la necesidad de la finitud.
Ello suscita una especie de auto aniquilamiento o de autoalienación que conduce a lo que La Boétie denominaba la “esclavitud voluntaria”. En el largo desarrollo de las historias humanas, es un fenómeno recurrente. Causa y efecto de la estrategia del miedo que es el instrumento privilegiado de todo poder, sea el que sea.
Estrategia del miedo que, más allá o más acá del ideal comunitario sobre el que se basa todo ser desemboca sin falta en una soledad gregaria de consecuencias muy dramáticas:
violencia perversa, decadencia de los valores culturales, pérdida del sentido común y diversas depresiones colectivas e individuales. ¡Tenemos ejemplos en la actualidad que ilustran semejante autoalienación!
Hay dos expresiones que deberían alimentar el pensamiento meditativo, lo que Durkheim llama el “conformismo lógico” o lo que Gabriel Tarde analiza en las “leyes de la imitación”.
Cuando esa oligarquía inculca insensateces sin descanso a través de los medios en el juego de máscaras en que se ha convertido la realidad cotidiana, se ve cómo la estrategia del miedo inducida por la inquisición contemporánea lleva a un estado de ánimo muy perjudicial y peligroso para cualquier vida social equilibrada.
Esta soledad gregaria es particularmente angustiosa para las generaciones más jóvenes a las que se les niega cualquier aprendizaje vital. Para proteger unas generaciones al final de sus vidas es para lo que se sacrifica una juventud que, no lo olvidemos, es la garantía de la sociedad por venir.
Se ha recordado de diversas formas que una sociedad dispuesta a sacrificar la libertad, la alegría de vivir, el impulso vital a cambio de seguridad y tranquilidad no merece ni unas ni otras. Y, al final del camino, lo perderá todo. ¿No es eso lo que amenaza actualmente la vida
social en su conjunto? De la razón sensible
Pero, una vez realizado el diagnóstico, es necesario formular el pertinente pronóstico. Así, de acuerdo con el realismo que debemos a Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, hay que saber poner en marcha un itinerario de pensamiento que reúna los sentidos y la razón. Es lo
que he denominado la “razón sensible”.
He ahí lo que puede hacer caer los castillos de cartas del racionalismo estrecho en el cual los conceptos abstractos sirven de seudoargumentos. El sentido común y la razón recta reunidas pueden permitir poner un fin al guirigay de palabras vacías. De hecho, eso es lo que está pasando en las redes sociales en las que, gracias a los mensajes, foros, intercambios y blogs de resistencia diversos se está elaborando una forma de pensar y de actuar diferente. Hay que estar atento a la sociedad oficiosa que se está gestando, totalmente extraña a la sociedad oficial propia a la oligarquía mediático-política.
Hay una buena expresión que debemos al universitario y político Pierre-Paul Royer-Collard (1763-1845) y que conviene recordar en estos días. Este pensador opone “el país legal al país real”, que fue después retomada por Auguste Comte o Charles Maurras. Nos recuerda
que, a veces, existe un divorcio flagrante que contrapone el poder popular, poder instituyente, al poder oficial e instituido. Es lo que permite comprender la luz interior del sentido común popular. Es lo que permite entender que, más allá de la descomposición de una sociedad, puede haber un resurgimiento. Esta metamorfosis es la que está sucediendo.
Y más allá de la sumisión inducida por la protección, es en el “país real” donde se preparan las sublevaciones originarias de otra forma de vivir en sociedad.
Así, de la revuelta de los “chalecos amarillos” a la resistencia multiforme al baile de máscaras, la distanciación y la vacunación, es una metamorfosis social la que se prepara. El “mundo de después” ya está aquí. Metamorfosis que tiene que ver con lo que Vilfredo Pareto llamaba la “circulación de las élites”. La quiebra de las élites ya está aquí
Semejante circulación es inevitable. La quiebra de las élites es, ya, cuestión asumida. La fuerte abstención en las diferentes elecciones la indiferencia respecto a los medios de comunicación oficiales es testimonio de ello. Lo que podemos llamar “boletines parroquiales” no interesan más que a sus secuaces, pequeñas sectas mediático-políticas que se reparten el poder.
Lo propio de los “sectarios” es, en general, estar totalmente ciegos frente a lo que escapa a su visión dogmática. Así es como, aun considerándolo peligroso, son incapaces de identificar y entender esos índices altamente significativos como son las reuniones festivas
que se multiplican por todas partes. Lo mismo sucede con las múltiples transgresiones de los diversos “confinamientos”, sin olvidar los “toques de queda” promulgados por el aparato técnico-burocrático. Y podríamos seguir así con múltiples ejemplos.
Cuando en los años 70, yo subrayaba que la verdadera violencia, la “violencia totalitaria” era la de una “burocracia celeste” cuyo objetivo era llevar la asepsia a la vida social promulgando la necesidad del riesgo nulo, ya recordaba que, al lado de una sumisión aparente, existía una multiplicidad de prácticas astutas que eran la expresión de una duplicidad estructural.
En ello consiste un ser popular que asegura, en el largo plazo, la supervivencia de la especie y el mantenimiento de la sociedad. Es el testimonio de una insurrección larvada cuya tradición proporciona numerosos ejemplos y que salpica regularmente la historia humana.
Duplicidad antropológica de ese sentido común del que Descartes mostró la importancia. Duplicidad a la que llamaba ” larvatus prodeo “, es decir, el hecho de avanzar enmascarado en el teatro del mundo. Pero se trata de una máscara provisional que será retirada, más o
menos brutalmente, cuando llegue el momento. Y esto en función del vitalismo popular que sabe cuándo conviene sublevarse. ¡Antes de que el baile de máscaras acabe en danza macabra!
Fuente: www.lecourrierdesstrateges.fr