A veces, cuando menos se espera, uno se lleva una grata sorpresa. Es lo que me sucedió hace días al descubrir el siguiente texto en las reseñas publicadas en Amazon Francia acerca de la traducción de mi ensayo El abismo democrático y al que he dado en francés un título totalmente distinto: N’y a-t-il qu’un dieu pour nous sauver? (¿Sólo un dios puede salvarnos?)[1]

Dicho texto, firmado por Jean Dutrueil, a quien no conozco lamentablemente de nada, es realmente magnífico. Lo de menos son sus elogios (demasiado generosos: tanto, que me han hecho vacilar a la hora de dar luz pública a sus reflexiones). Lo fundamental son éstas, así como su total comprensión de lo que pretendía yo al reflexionar sobre los grandes retos de nuestro tiempo.

Es ello lo que me ha hecho vencer mis escrúpulos y me ha llevado a publicar esta reflexión que bien merece ser compartida por nuestros lectores.

Javier Ruiz Portella, escritor español con un perfecto dominio del francés, es una figura de la disidencia, es decir, de la «extrema derecha», según la neolengua al uso. Pero, a diferencia de muchos pensadores disidentes, no se limita a un análisis más de los vicios de nuestra sociedad, sino que sugiere formas de enmendarla y mejorarla. Y sus pensamientos son apasionantes, porque para proponer un mundo nuevo creíble, tiene que basarse en lo que ya existe, elaborando un inventario de todo lo que funciona y en lo que debemos basarnos para avanzar. Sus valiosos pensamientos forman un oasis cercado por una gran cantidad de análisis que critican constantemente sin proponer nada, y que por tanto refuerzan, a su pesar, la ansiedad ambiental que emana de nuestros tiempos revueltos.

Ya en el periódico digital Polémia publicó un proyecto de recuperación política titulado «Le projet d’un monde nouveau : pas de politique sans mystique» [El proyecto de un mundo nuevo: no hay política sin mística] (invirtiendo la célebre sentencia de Péguy «Todo empieza en mística y acaba en política»), el cual se diferenciaba de la grisura de la mayoría de los artículos del periódico, que con demasiada frecuencia se limitan a la indignación y la denuncia. Este proyecto abogaba por la instauración de la «artecracia»[2], una democracia cuyo objetivo sería la búsqueda de belleza mediante la producción de obras magníficas en todas las artes, con el fin de devolver el sentido a una comunidad que se ha licuado en la fealdad materialista (degradando a la persona humana en un zombi posmoderno) que caracteriza a la actual democracia liberal.

Aunque sin decirlo explícitamente Javier Ruiz Portella ha querido restablecer en este proyecto la comunidad humana tripartita tan querida por Georges Dumézil (y que, desde los orígenes indoeuropeos, ha ido perdurando a lo largo de la Antigüedad grecorromana, la Edad Media y el Antiguo Régimen): por un lado, la esfera de la producción y de la reproducción (es decir, el ámbito económico); por otro lado, la esfera político-militar y, por último, la esfera soberana dedicada a lo esencial de la vida a través de la reflexión filosófica, la creación artística y la contemplación religiosa. Dentro de esta tripartición, las esferas inferiores están enmarcadas por las superiores: la esfera económica está limitada por las autoridades políticas, que a su vez deben someterse a los principios desarrollados por la esfera soberana. Es en esta jerarquía donde reside la verdadera separación de poderes entre la riqueza, la fuerza y el conocimiento que hace posible la armonía.

En su nuevo libro, N’y a-t-il qu’un dieu pour nous sauver? (¿Sólo un dios puede salvarnos?), publicado por Éditions de La Nouvelle Librairie, Javier Ruiz Portella va mucho más lejos que en su anterior proyecto sobre la artecracia: junto a los capítulos en los que cuestiona el capitalismo y la democracia, proponiendo rehabilitar la esfera soberana, reconoce en sus capítulos sobre metafísica que la artecracia no puede valerse por sí misma. Producir artísticas obras maestras no puede ser el fin último de una comunidad. Como demuestran la Antigüedad, la época de las catedrales y el Grand Siècle francés, el arte no es más que un reflejo de algo mucho más crucial: la búsqueda metafísica.

Y aquí es donde Javier Ruiz Portella da realmente en el clavo: ya no tenemos un Dios, porque el Dios de los cristianos, como los de las demás grandes religiones universales, es ahora incapaz de responder a la agitación sin precedentes de la humanidad. La humanidad simplemente está saliendo de 10.000 años de Neolítico basado en la vida rural y el pastoreo, un periodo que dio lugar a las religiones paganas y luego a las religiones universales (Cristianismo, Islam y Budismo) que florecieron tras el colapso de los grandes imperios (Romano, Abasí y Han). Tras el nomadismo del Paleolítico y el sedentarismo del Neolítico, la humanidad («que hace la Historia pero no sabe la Historia que está haciendo», Marx) entró en una era totalmente nueva, la de los Titanes y sus paradigmas completamente nuevos. Entre ellos, las revoluciones técnicas y tecnológicas que están permitiendo la emancipación total de la naturaleza, la explosión demográfica mundial y sus consiguientes migraciones masivas difíciles de controlar, las tensiones sobre la identidad y la densidad que están transformando las ciudades en monstruosas junglas de piedra y hormigón, la inflación de una economía terciaria parasitaria y su cohorte de empleos sin sentido que alimentan la hipertrofia de la burocracia y la regulación, etc.

En suma, la urbanización nos ha llevado de las pequeñas comunidades a escala humana del Neolítico a una escala gigantesca que genera una gran ansiedad. Nos hemos proyectado inconscientemente hacia la era de los Titanes para escapar de la dureza de una existencia neolítica demasiado cercana a la naturaleza hostil, con su elevada tasa de mortalidad infantil, su gran número de mujeres que morían al dar a luz y sus devastadoras epidemias y hambrunas.

Todas las tragedias de la humanidad fueron magistralmente previstas por los griegos en su sublime mito de Prometeo, el Titán que moldeó al hombre a partir de la tierra, impotente ante la naturaleza, pero ofreciéndole, para compensar su fragilidad, el fuego tomado del dios Hefesto (energías) y las artes tomadas de la brillante diosa Atenea (técnicas). A diferencia de los animales, los humanos son deficientes porque no están adaptados a su entorno natural, y para sobrevivir necesitan artificializar su entorno utilizando medios técnicos alimentados por energía. Pero esta artificialización, al apartarnos cada vez más de nuestro entorno natural y acercarnos demasiado a los dioses, nos perjudica:

lo que ganamos en tecnología, lo perdemos en calidad humana.

Esta incapacidad del catolicismo para responder a los retos de nuestro tiempo se caracteriza por su brutal hundimiento (según Guillaume Cuchet, en 2022 la diócesis de París ordenó un solo sacerdote, ¡la primera vez que esto ocurre desde que las primeras comunidades cristianas se asentaron en Lutecia!) y la aparición concomitante de una profusión de libros sobre el desarrollo personal, la espiritualidad laica basada en los valores cristianos y defendida en particular por los famosos André Compte-Sponville y Luc Ferry, junto con el testimonio de los casi muertos que relatan su experiencia del más allá durante un periodo de coma.

Sin embargo, según Javier Ruiz Portella, la espiritualidad individual es insuficiente para dar sentido a una comunidad nacional que necesita ritos religiosos codificados para celebrar el nacimiento, el matrimonio y la muerte humanos. Por eso aboga por un retorno al catolicismo anterior al Vaticano II (con la pompa de su liturgia tridentina celebrada en latín y su culto popular a los santos), pero con una transformación radical de sus dogmas para que su nueva mística pueda responder plenamente a las exigencias de nuestro tiempo.

Esta transformación concierne a la moral, la teología y la metafísica cristianas. En primer lugar, requiere que el catolicismo evolucione en materia de sexualidad. Con la generalización de la contracepción, la modernidad ha disociado el placer sexual de la reproducción, lo que constituye uno de sus escasos logros positivos (un logro que, sin embargo, se ha visto corrompido por la difusión de la pornografía que, al presentar coitos mecánicos y violentos realizados por auténticos atletas, genera un gran estrés entre los jóvenes que se atreven cada vez menos a darse placer). Es a causa de esta evolución de la sexualidad por lo que los actos de pedofilia cometidos por miembros del clero se han vuelto intolerables a los ojos de la opinión pública (a pesar de que la Iglesia es la institución que registra menos casos, muy por detrás de las familias y del Ministerio de Educación, por ejemplo) y que la opinión pública es cada vez menos comprensiva con la prohibición de que los hombres casados accedan al sacerdocio.

Junto a la necesaria evolución de la moral, Javier Ruiz Portella defiende la necesidad de despojarse de la supuesta divinidad de Cristo y conservar únicamente su aspecto místico y simbólico. En su opinión, los dogmas de la concepción virginal y de la resurrección física se han vuelto inaudibles desde la revolución científica de la modernidad. Conservar sólo el simbolismo de Cristo no es, por lo demás, incompatible con la fe en Dios; puesto que el universo mítico y simbólico es una realidad tan tangible como el mundo físico, es más que suficiente para mediar entre el creyente y Dios.

La prueba está en Krishna, podría añadir por mi parte, el avatar hindú que es la segunda persona divina de la trinidad de Brahma, Visnú y Shiva, y que, según la leyenda, también nació de una virgen prometida a un hombre mayor con el que tuvo que huir tras dar a luz para escapar de la masacre de niños perpetrada por un rey celoso del niño Krishna, como el rey bíblico Herodes, según una leyenda histórica desmentida por los arqueólogos israelíes (Cf. La Biblia al Descubierto: «Nuevas revelaciones arqueológicas»).

Si Jesús existió, fue históricamente un profeta israelita que nada tuvo que ver con el injerto divino impuesto siglos más tarde por las vicisitudes de la historia, tras los concilios ecuménicos que recurrieron en gran medida a héroes y dioses grecorromanos (Teseo, Hércules, Dionisio, Serapis, etc.) para facilitar la cristianización de los pueblos paganos del Imperio moribundo. La Sábana Santa de Turín demuestra que la historicidad y la divinidad de Cristo están entrelazadas, dicen los católicos. Pero Dios se manifiesta como quiere y donde quiere, y también existen milagros en otras religiones: la ortodoxia (sobre todo dentro de sus jurisdicciones antiecumenistas que no reconocen la sacralidad del catolicismo), el hinduismo, el islam de los morabitos, el taoísmo, etc.

Pero, para volver a nuestro libro, y más allá de los dogmas problemáticos de la concepción virginal y de la resurrección, Javier Ruiz Portella subraya la imposibilidad de considerar a Dios como «Todopoderoso» o como «Gran Arquitecto», desde las revoluciones copernicana y galileana hasta los descubrimientos de Stephen Hawking, que han llevado a la constatación de que la Tierra y el sistema solar no son más que un grano de arena en la inmensidad de un universo en constante expansión y generación. Para muchos de los creyentes actuales, este universo está impulsado por una fuerza interior llamada Dios, que lo empuja a realizarse.

Este cambio de percepción de lo divino se observa entre los propios católicos, una parte importante de los cuales, según los sondeos de opinión, ya no cree en ciertos puntos fundamentales de la fe, como la resurrección de los muertos. En relación con este cambio de percepción, Javier Ruiz Portella celebra las declaraciones de los papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, sobre el infierno, el purgatorio y el paraíso, que ya no se consideran oficialmente como lugares, sino como estados del alma individual en comunión (o no) con Dios en la otra vida.

Éstas son a grandes rasgos las propuestas de nuestro autor para mejorar la sociedad. Sin embargo, en mi opinión, Portella es demasiado optimista: el mundo moderno es irreformable porque consiste intrínsecamente en una crisis en caída libre. Está fuera de control, algo que el hombre contemporáneo se niega a aceptar, creyendo que puede controlarlo todo gracias a la ciencia, cuando en realidad tiene muy poco control sobre nada, empezando por su propia explosión demográfica originada en los Estados en bancarrota del hemisferio sur, donde los poderes públicos tienen dificultades para gestionar algo más que el perímetro de su capital, y donde por tanto no hay regulación posible. Este crecimiento demográfico se basa en una explotación de los recursos que es insostenible a largo plazo, y esta insostenibilidad conducirá probablemente a un colapso –doloroso— de esta demografía.

En mi opinión, la solución ideal sería formar una cofradía de «Anarcas», como los llamó Ernst Jünger, que, al igual que los monjes de la Alta Edad Media apocalíptica (surgida tras el colapso de los imperios romano y carolingio y asolada por las invasiones árabes y el saqueo vikingo), preparasen discretamente el renacimiento social, artístico y religioso que daría lugar a un periodo, artístico y religioso de un esplendor parecido al que se extendió desde la Baja Edad Media, con sus magníficas catedrales, hasta el Grand Siècle, de la cultura francesa.

[1] La explicación es muy sencilla. El libro se articula en torno a dos ejes: la democracia como concepción del mundo y su consiguiente desacralización. En el original español el título respondió al primer eje; en la versión francesa, al segundo.

[2] Recordemos que el concepto de «artecracia» fue lanzado en los años 20 por el artista e ideólogo del futurismo y del fascismo Filippo Tomasso Marinetti. (J. R. P.)