Alberto Giovanni Biuso
El fenómeno de lo políticamente correcto (political correctness), la cultura del destierro (cancel culture) y la ideología de la victimización (woke) son también y sobre todo una expresión de la civilización estadounidense y dan testimonio una vez más de sus raíces, que se encuentran en la fe calvinista, en un moralismo y un fundamentalismo que el paso de los siglos ha atemperado de su inspiración trascendente pero no ha diluido en absoluto de su radicalidad.
Lo políticamente correcto, la cultura cancel y el wokismo (la etapa extrema de lo políticamente correcto, que apareció entre 2012 y 2013) están unidos por su rechazo programático de la lógica argumentativa a la que sustituyen por el recurso a valores considerados superiores a toda crítica y discusión, que de hecho y paradójicamente se han convertido en absolutos. Todo razonamiento debe ser sustituido por una adhesión a creencias de carácter moral y a prácticas de estructura fideísta, con el fin de borrar toda “discriminación” real o supuesta, salvo que se genere inevitablemente una discriminación y una violencia aún más agudas y generalizadas: “así, la coherencia interna de un pensamiento puede pasar a un segundo plano porque lo realmente importante será hacer avanzar la causa global.
Por tanto, es totalmente legítimo dejar que un concepto exista de forma incoherente, contradictoria o mal definida si permite la progresión de un propósito considerado bueno y si tiene posibilidades de mantenerse” (Pierre Valentin, L’ideologie Woke, Fondation pour l’innovation politique, París 2021, vol. I, pp. 17-18). I, pp. 17-18).
Una ausencia de pensamiento llevada tan lejos que es incapaz incluso de definir los conceptos fundamentales que utiliza, sustituidos por estructuras completamente circulares y tautológicas que también por esta razón son imposibles de refutar, como tan bien ha puesto de relieve la epistemología falsacionista y crítica de Popper, Kuhn y Feyerabend.
Una vez colocada como base de su trabajo, la superstición anticientífica y antiintelectualista llega a alcanzar resultados que es difícil definir en otros términos que no sean grotescos, dirigidos como están a defender la plausibilidad de razonamientos como “2+2=5” y a “descolonizar” las matemáticas o a apoyar la naturaleza discriminatoria de conceptos físicos como la luz. Uno pensaría que se trata de goliardismo académico si todo esto no fuera tremendamente grave y omnipresente en las universidades estadounidenses y se estuviera colando ya en las europeas.
Los resultados que parecen tan sorprendentes e incluso absurdos son, sin embargo, inevitables si se presta atención al fundamento del wokismo y de lo políticamente correcto. Este fundamento es la primacía del elemento moral sobre el cognitivo, la anulación del objetivo político sobre el científico; “la investigación llega así a estar sometida a imperativos morales” (Ibid., vol. II, p. 23) como lo demuestra el hecho -muy grave- de que “muchas universidades exigen a sus investigadores una adhesión escrita a sus valores” (Ibid., vol. II, p. 22).
Estas prácticas, métodos y valores tienen raíces y manifestaciones bastante evidentes. La primera es que todo esto caracteriza casi exclusivamente a los ambientes y a los sujetos de las clases acomodadas, ya que los estudiantes que se adhieren a ello proceden de familias que practican el securitismo, es decir, una actitud que podríamos traducir como “proteccionismo”. Las personas a las que, de niños, nunca se deja solos para resolver sus conflictos buscan luego, ya de adultos, la protección de una autoridad superior, ya no familiar sino en este caso académica, para que les defienda del más mínimo contraste y conflicto con los demás. Estos contrastes y conflictos son, de hecho, un elemento constante de las vidas y psicologías sanas y no patológicas, y saber lidiar con ellos, sin lloriquear ni señalar al “otro” como “malo”, es un indicio de haberse convertido en adulto de verdad. Un proteccionismo contra el más mínimo conflicto que luego pasa de las familias a las instituciones universitarias y a la burocracia académica.
La susceptibilidad de los jóvenes vástagos de las familias más ricas y el desbordamiento de la burocracia y la censura académica constituyen así dos elementos que generan simultáneamente el fenómeno woke y lo refuerzan. El resultado es también un crecimiento exponencial de los comités y comisiones destinados a controlar las opiniones de los profesores, con puestos -para los que forman parte de estas comisiones- remunerados con sueldos a menudo superiores a los de los catedráticos. El plano inclinado típico de tales fenómenos conduce a la propagación de actitudes conspirativas, intransigentes y cerradas a todo diálogo, en las que el otro es por definición o bien ingenuo o bien de mala fe al apoyar discriminaciones de todo tipo o al ser cómplice más o menos activo de ellas. Esto también es un efecto inevitable de los enfoques irracionalistas y moralistas de cuestiones complejas.
Entre los efectos del plano inclinado del esquema “interseccional” de lo políticamente correcto, algunos se refieren a problemas que van más allá de la cuestión del género sexual y del racismo y afectan a patologías como el sobrepeso -muy extendido en la sociedad estadounidense- y las minusvalías, que también se consideran construcciones lingüísticas discriminatorias y que, por tanto, no necesitan ninguna cura, sino el pleno reconocimiento de una forma de ser liberada del normativismo, el validismo y el capacitismo. Los peligrosísimos efectos de tales actitudes sobre la salud de las personas son muy evidentes.
Está muy claro que es también la consecuencia de un proceso general de infantilización del cuerpo social, en el que los ciudadanos, los intelectuales, los estudiantes, las personas, son reconducidos y reducidos al estadio de niños extremadamente susceptibles y “frágiles”, niños caprichosos y aparentemente dominantes, pero sobre cuya condición kantiana de minoría de edad vela el poder omnipresente no tanto de las instituciones (incluso de éstas), sino sobre todo del conformismo, del unanimismo y de los valores morales considerados absolutos e intemporales, y como tales legitimados para juzgar y condenar todo el tiempo y sus creaciones, incluso las más elevadas y fértiles para el recorrido humano.
En otras palabras, es simple (aunque obsesiva) decadencia, una condición de decadencia transparente y bárbara, que es también un signo del cansancio de Europa, ahora en todas las esferas supeditada a su vástago imperialista en el continente americano.

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