De tiempo en tiempo, siempre aparece alguien, en algún lugar interactivo de la red (de los que administro), que reivindica a la “humildad” como una virtud, es decir como algo meritorio desde el punto de vista pagano… En este artículo, trataremos de ver qué grado de validez tiene tal concepción y si se trata o no de una virtud aceptable para nuestra visión del mundo…

Está claro que la “humildad” es apreciada como una virtud primordial en el ámbito de las creencias hegemónicas (basadas, todas ellas, en la sumisión a un dios único e inapelable), pero, antes de avanzar en ello o en las razones por las cuales tal atributo es completamente inválido en el paganismo, será mejor que nos enfoquemos en un asunto más básico: El origen y fuente de toda noción de virtud, el ethos

Ethos y el origen de la ética y la moral:

La palabra “ethos” proviene del griego antiguo ἔθος, término usado por Homero en la Ilíada1 para referir al lugar donde habitaban los caballos (ἤθεα ἵππων = “el hábitat de los equinos” -equivalente a “pesebre” o “establo” en nuestra lengua- y, por extensión, “de los hombres”).

Esta palabra parece ser el origen etimológico de “ética”, ya que comparte la misma raíz: ἠθικός / ethikos = “moralidad”“mostrar un carácter moral”“filosofía de la conducta”.

Es interesante notar que el término latino mōrēs es equivalente al griego ἔθος y del primero derivan tanto “morada” como “moral”, vinculándose así, de manera bastante obvia, a la idea de que cualquier código moral tiene relación con la conexión y el consenso entre los miembros de un grupo, entre los que habitan un sitio concreto y acotado.

Ya en la época clásica de la Hélade, Aristóteles de Estagira le otorgó un segundo sentido a este ethos, entendiéndolo como «hábito: carácter o modo de ser derivado de la costumbre», la conducta progresivamente más acendrada que va formando cada individuo y cada pueblo a lo largo de su existencia.

“Habiendo, pues, dos maneras de virtudes, una del entendimiento y otra de las costumbres, la del entendimiento, por la mayor parte, nace de la doctrina y crece con la doctrina, por lo cual tiene necesidad de tiempo y experiencia; pero la moral procede de la costumbre, de lo cual tomó el nombre, casi derivándolo, en griego, de este nombre: ethos, que significa, en aquella lengua, costumbre. De donde se colige que ninguna de las morales virtudes consiste en nosotros por naturaleza, porque ninguna cosa de las que son tales por naturaleza, puede, por costumbre, hacerse de otra suerte…” (Aristóteles, “Ética a Nicómaco”, cap. 1).

Si la moral no es otra cosa que las costumbres aceptadas a partir de haberse hecho hábito para un colectivo o tribu, entonces (por lógica) las personas de otro colectivo o tribu no tienen porqué aceptar tales normas y es totalmente lícito y lógico que no las incorporen a sus reglas de conducta.

Por otra parte, es sabido por los antropólogos (más allá del análisis filológico de cualquier palabra) que esto es así: Las costumbres aceptadas, que con el tiempo devienen en reglas morales, en lo definido como «buenas costumbres», son el producto de una decantación sistemática hecha por consenso y llevada a un nivel de «sacralidad» por las leyes y mandamientos religiosos, los tabúes o las normativas civiles. Esta aceptación llega a través de la fuerza del hábito y la rutina y el sentido de pertenencia y aislamiento que presupone vivir gran parte de la vida en un ambiente acotado. Con el paso de los siglos, se crean mitos, leyendas y narraciones etiológicas para afianzar la idea de que si se procede diferente de lo «aceptable»«correcto» y «bueno», se recibirá algún castigo o desgracia proporcional a la transgresión.

Queda claro entonces que, todo concepto de virtud nace de un determinado ethos (de un entorno acotado de hábitos compartidos y consensuados por cierto tiempo)… Se trata de algo propio de una cultura o colectivo y por ello no puede ser universal. Sin ese marco de referencia de la tribu o el colectivo, nada es mérito o demérito, ya que cada pueblo y cada época ha tenido (y siempre tendrá) valores diferentes, vale decir, diferentes “ethos”, divergentes morales.

De esto se desprende que la moral siempre es relativa a un contexto (cultural, religioso, doctrinal o ideológico), no a algo natural.

Zanjada la cuestión de que, dado que somos paganos, las conductas humanas consideradas virtudes o faltas («pecados») entre cristianos no deben ser tomadas por válidas sin un pormenorizado análisis, ahora sí podemos investigar si la “humildad” tiene algún valor o mérito dentro de la cosmovisión pagana de la vida y, de no ser así, si existe alguna otra actitud conductual que pudiera reemplazarla con éxito y que sí merezca ser ponderada por nuestras tradiciones como una verdadera virtud, válida y consecuente con nuestra concepción del mundo.

¿Qué es la humildad?

El diccionario oficial de la lengua española2 define el término “humildad” como:

humildad
Del lat. humilĭtas, -ātis.

  1. f. Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.
  2. f. Bajeza de nacimiento o de otra cualquier especie.
  3. f. Sumisión, rendimiento.

En este sentido, se aprecia que existen al menos tres acepciones para la palabra:

  • La humildad como virtud o valor.
  • La humildad como origen social y/o económico.
  • La humildad como sinónimo de sumisión a otros seres.

Sin embargo, cabe aclarar que la primera definición que el citado diccionario da, tiene más que ver con el concepto de MODESTIA, que, con el tradicional de HUMILDAD, habiéndose englobado dentro de la segunda sólo por el uso arbitrario y vulgar que del término se suele hacer. (Pero ya se profundizará en esto más adelante).

El análisis de la etimología latina de este vocablo deja en claro muchas cosas: Humilitas surge de humus (“tierra”) y del sufijo -itas, que en latín significa “cualidad de ser”. Por esta razón, “humildad” tiene relación con la tierra y con permanecer cerca de la misma (postrado, inclinado, con la cabeza baja).

Se observa, entonces, que el sentido original era el tercero que la RAE otorga: SUMISIÓN. Variantes de la palabra latina son humilis («humilde») y el verbo humiliare, que significa «postrarse en tierra», asumir (o sumirse) ante la superioridad de otros frente a la propia.

El cristianismo, a través de varios Padres de la Iglesia como Cipriano de Cartago, Lucio Cecilio Lactancio, ​Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona,  y, más tarde, Tomás de Aquino, se ha esforzado por definir a la humildad como lo opuesto a la soberbia, al egocentrismo y a la vanidad, pero en realidad este es un concepto teológico propio de esa religión, ya que en tiempos pre-cristianos, la idea de “reconocer” la bajeza o insignificancia propia frente a los dioses no existió jamás o, por lo menos, no era definida como “humilitas” o algún término parecido.

Humildad, en su sentido más puro y original es postrarse, doblegarse, bajar la cabeza frente al poderoso, al superior, al que es más fuerte o más renombrado que uno.

La sumisión como virtud cristiana:

Las religiones abrahámicas siempre han tomado el hecho fáctico de la existencia de personas de condición humilde (o sea, menos favorecidas en su nivel económico, rango social o condiciones de nacimiento) y han vuelto a esto un parámetro sine qua non se puede ser grato a su dios o “salvarse” de la condenación…

Es así que en el Antiguo Testamento ya se dice: “Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Yãhwêh.» (Prov 22:4) y se lo remarca mucho más en los orígenes del cristianismo, donde el ser pobre y carenciado parece ser una condición excluyente para participar de la redención ofrecida por Cristo: “Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.” (Mateo 19:30) y “Revestíos de humildad hacia los demás, porque Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (I Pedro 5:5), por ejemplo. (También el islam deja clara esta característica, cuando pone nombre a los seguidores de esa fe: musulmán = “abandonado a la voluntad de Alláh”).

En la tradición cristiana, llegan a leerse afirmaciones como: «Los pecadores humildes entran con más facilidad por la estrecha puerta que lleva a la vida -la que tantos buscan y pocos hallan-, que los justos que son soberbios…”3 (Paulino de Nola, 354 a 431 d.C.).

El caso es que, conviene aclarar de antemano que ser de “condición humilde”, sea por nacimiento o por los avatares de la vida, no es ni mérito ni demérito, no es virtud ni falta (al menos no intrínsecamente), pero algunas religiones parten de la definición original de humildad (de la tierra, cercano o relacionado con la misma) y mediante entuertos teológicos desarrollan la idea de que es una virtud postrarse, humillarse o sumirse4 a “Dios” y, por reflejo de esto, al rey o gobernante de turno, a los papas y clérigos y a todo aquel que represente un aspecto de la autoridad divina sobre la Tierra.

Escapa a la motivación de este artículo el describir y explicar las razones por las cuales el cristianismo siempre ha pendulado el tema de la humildad para hacerlo parte de una doctrina similar al marxismo (como parece verse en los Evangelios), hasta un dogma moral que obliga a las personas a mantener la cabeza baja frente a «los representantes de su dios en la Tierra», como era común en el Medioevo (y en cierta forma, sigue siéndolo). Sin embargo, sí es importante dejar en claro que la humildad cristiana y por ende la supuesta virtud homónima, es equivalente a ser sumiso y obediente, a aceptar a priori que existe personas superiores a uno, no por méritos evidentes o logros personales, sino por signo o voluntad divina.

Según lo anterior, la razón por la cual todo pagano debería rechazar a la humildad como virtud resulta obvia… El pagano jamás cree que alguien en superior a sí mismo si no lo demuestra, si no es más digno, más sabio o más fuerte que éste, y mide esas cosas a través de hechos evidentes, no supuestos o asumidos de antemano.

Veremos ahora si existe algo que reemplace a esa supuesta virtud, de manera más certera y acorde con nuestros valores éticos y espirituales…

La modestia:

El diccionario de la R.A.E. define a “modestia” como “la cualidad del modesto/a” y a “modesto” como:

modesto, ta
Del lat. modestus.

  1. adj. Humilde o carente de vanidad.
  2. adj. De nivel económico relativamente bajo.
  3. adj. De poca categoría o importancia.
  4. adj. Dicho especialmente de una mujer: Honesta y pudorosa.

A primera vista, parecería que «modestia» es un término sinónimo de «humildad», al menos en algunas de sus acepciones. Sin embargo, esto es porque la Academia de la Lengua se rige no por fidelidad a los orígenes de las palabras, sino por el uso formal de las mismas y los significados que van formándose sobre ellas a lo largo del tiempo. No obstante, una revisión de la etimología de «modestia» nos deja claro las diferencias entre ambos vocablos…

MODESTIA proviene del latín «modestia, -ae», palabra que está formada por modestus («moderado») con la adición del sufijo «-ia» (sustantivo abstracto femenino). La raíz de ambas es modus («medida»). Vale decir que modestia refiere el mantenerse dentro de ciertas normas, de practicar la mesura y la moderación. La raíz indoeuropea de este término es *med, que también forma parte de «molde» y «moderar».

Entonces, al menos en sus orígenes, la modestia es una cualidad muy diferente de la humildad, se relaciona más con la moderación, con el mantener el balance y el equilibrio entre el exceso y la inacción, entre la sobrevaloración y la subestimación de uno mismo… Esto lo explicaba perfectamente Aristóteles de Estagira en su Magna Moralia:

La modestia es un medio entre la impudencia, que no respeta nada, y la timidez, que ante todo se detiene. La modestia se muestra en las acciones y en las palabras. El impudente es el que todo lo dice y todo lo hace en todas situaciones, delante de todo el mundo, y sin ningún miramiento. El hombre tímido y embarazado, que es lo contrario de este, es el que toma toda clase de precauciones para obrar y para hablar con todo el mundo y en todos los negocios; se siente siempre como trabado e impedido y no sirve para nada. La modestia y el hombre modesto ocupan el medio entre estos extremos. El modesto sabrá guardarse a la vez de decirlo y hacerlo todo y en todas ocasiones como el impudente, así como de desconfiar siempre y de todo según hace el tímido, que con tanta facilidad se desalienta. Así el hombre modesto sabrá hacer y decir las cosas dónde, cómo y cuándo conviene hacerlas y decirlas.5

En pocas palabras, Aristóteles creía que el modesto era aquel que sabía exactamente cuánto podía hacer, cuánto sabía y hasta dónde podría llegar y no caía en el alarde vano, pero tampoco en la cobardía de no intentarlo. Hacía lo que debía hacer, sin alardear sobre ello, pero evitando el temor y la dilación.

Para el filósofo, el modesto era opuesto al necio, que creía saber lo que no sabía; poder hacer lo que era incapaz, etc… pero también estaba equidistante del pusilánime o del cobarde, que sabiendo que sí conocía, podía o lograría algo, no actuaba, no hablaba o no se erguía por sobre otros por temor, vergüenza, conveniencia o sumisión ovejuna.

En el paganismo, la modestia nace naturalmente del conocimiento de uno mismo y de los propios límites, pero también de las propias capacidades.

La modestia como virtud, como atributo natural o logrado mediante el dominio del propio carácter, está en consonancia directa con la máxima griega de μηδὲν ἄγαν («nada en exceso»), presente en el Oráculo de Apolo en Delfos y que era la frase de cabecera de Solón de Atenas (sentencia que muchos refieren como «el credo griego»). En este sentido, el modesto es quien más se aleja de la ὕβρις (hýbris = «desmesura»), lo cual era visto como el peor de los defectos.

Conclusión:

En sus orígenes, el término humildad no se refería a una virtud ni tan siquiera aludía de manera anodina a quienes tenían un origen socioeconómico paupérrimo. Más bien catalogaba a quienes estaban destinados a la sumisión, a la obsecuencia, a la obediencia apriorística y a la ausencia total de orgullo personal.

En los comienzos del cristianismo, esta condición fue objeto de ponderación, de la promesa de redención, pero con el paso de los siglos devino en sinónimo del rol que el vulgo debía tomar respecto de los nobles, de los clérigos y de cualquiera con autoridad.

Muy por el contrario, la modestia era, ya desde la Hélade, una virtud fundamental… Se encontraba entre los extremos de la cobardía y la temeridad; entre la apatía y la desmesura; entre la soberbia y la ovejuna mediocridad. El ser modesto era visto como sinónimo de “mantener la moderación”, de no excederse y de evitar la desmesura.

Por todo esto, la modestia sí es una verdadera virtud pagana y debe ser cultivada hoy como lo fue hace 2500 años. Sin embargo, la humildad es una lacra, una imposición que ningún pagano debería aceptar ni cultivar y que, si tiene la tendencia de poseer, debería sacudirsela con prontitud, ya que no es de paganos el formar parte del rebaño ni el obedecer a líderes, por lo menos no sin que éstos demuestren primero su valía.

La humildad es la presunción de que se es menos que los demás, es el agachar la cabeza antes de intentar llegar a los propios límites. Es, al fin de cuentas, rendirse antes de comenzar la batalla. La modestia, por el contrario, es conocer las propias limitaciones, sin por ello abstenerse de buscar trascenderse y de hacer todo lo posible por empujar los límites; sin ir más allá de lo razonable, pero tampoco contenerse por temor o sumisión a nada ni a nadie.

Puede que para los diccionarios modernos ambas palabras parezcan similares, pero para nuestra visión del mundo, existe un abismo entre las mismas, uno que deberíamos tener cuidado en no cruzar jamás.-

☥ Oscar Carlos Cortelezzi

 

1.- Homero, Ilíada 6.511 y 15.268.

2.- Diccionario de la RAE (Edición 23°, octubre de 2014).

3.- Paulino, obispo de Nola, Ep. 29. ad Sever., seni. 9, Tric. T. 5. p. 331.

4.- “La palabra humildad significa abajamiento o sumisión y se deriva del latín humilitas o, como dice Santo Tomás de Aquino, de humus: la tierra que pisamos…” (Enciclopedia Católica).

5.- “La gran moral”, libro primero, cap. XXVII: “De la modestia”.

• Aristóteles, “La Gran Moral” (PDF completo).

 

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