LA GUERRA DE ARTSAJ.

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El Cáucaso es uno de los frentes calientes de la Segunda Guerra Fría. En la distraída memoria del español medio resuenan nombres como Osetia del Sur, Daguestán y Abjasia, que parecen tan evocadores como Shangri-la, Ruritania o Zenda. Sin embargo, existen y sus resonancias a novela de aventuras o a reino de ficción heroica pueden tener consecuencias bien reales para nosotros. Artsaj es el nombre con el que los habitantes de lo que en ruso se llama Nagorno-Karabag denominan a su patria. Más del noventa por ciento de la población de esa república es armenia y de religión cristiana, pero en época soviética esa zona, como Crimea, fue desgajada de su tronco étnico, la república de Armenia, y entregada a Azerbaiyán. En 1991, con la desmembración de la URSS, Artsaj se proclamó independiente del dominio azerí y estalló la guerra de Nagorno Karabaj, en la que los armenios lograron una sorprendente y rotunda victoria sobre los más numerosos y mejor armados azeríes. Desde entonces hasta hoy, Artsaj cuenta con el apoyo de facto de Armenia y un nulo reconocimiento internacional.

Es curioso que a los armenios, un pueblo cristiano y de raíces indoeuropeas, la ONU les niegue el pan y la sal mientras que Kosovo, que presenta un caso similar, pero en el que la mayoría es albanesa y musulmana, se ha beneficiado de un reconocimiento ilegal de su independencia. Se trata de dos casos idénticos, y uno recibe el apoyo de la comunidad internacional y el otro no. Sin duda, en las dos situaciones el componente antirruso de la política occidental cuenta lo suyo: Kosovo es la cuna de la nación serbia y entregárselo a los albaneses es una humillación permanente a los pueblos ortodoxos. Y, por ende, a Rusia. De ahí que la OTAN, brazo armado de la expansión islámica, interviniera en el año 99 de forma brutal y abusiva contra la pequeña y valiente Serbia.

Un tal Javier Solana, secretario general de la infame Alianza Atlántica, fue el responsable de los bombardeos de Belgrado y la limpieza étnica de doscientos mil civiles serbios, crímenes por los que nunca pagará. Al igual que sucedió con la guerra de Bosnia, la OTAN masacró con saña a los combatientes cristianos y le hizo el trabajo sucio a sus cómplices musulmanes del UÇK.

Artsaj es étnicamente armenio. Para los que no sepan demasiado sobre esta nación, una de las más antiguas de la tierra, habrá que explicar que su etnogénesis se remonta a los tiempos bíblicos y que están estrechamente emparentados con reinos tan lejanos en la historia como Urartu o el imperio hitita. Fue contemporánea de Roma y la primera nación en convertirse al cristianismo; recordemos que en la Edad Media se extendió su poder por todo el este de Anatolia y sus guerreros frenaron al islam y llegaron a formar parte de la nobleza militar del imperio bizantino. Todavía siguen en pie, pese a los atentados arqueológicos turcos, algunas de sus magníficas catedrales en la región del lago de Van. Se cree que nuestro románico pudo deberse, en parte, a la influencia de los excelentes maestros canteros armenios de Tierra Santa, a los que debemos los grandes castillos del Oriente cristiano. Durante las Cruzadas, combatieron del lado de los francos, aunque fueron miserablemente traicionados por los occidentales, como en el caso del condado de Edessa. Pese a todo, la casa real de Jerusalén y la nobleza franca emparentaron con los príncipes armenios y formaron verdaderas dinastías mixtas.

La expansión del poder turco, selyuquí y otomano, entre los siglos XII y XVI, acabó con la subyugación de los armenios, que formaron una de las cuatro naciones (millet) del imperio osmanlí. Aparte del este de Anatolia y del sur del Cáucaso, los armenios crearon importantes comunidades en el norte de Siria, en Persia, en Jerusalén y en la misma Constantinopla. Si contemplamos un mapa de los lugares por los que se extendía este pueblo hasta el siglo XX, veremos que la república actual no es sino un pálido reflejo de lo que fue antaño la Armenia histórica. Entre el reinado de Abdul Hamid II (1876-1909) y la I Guerra Mundial, los otomanos se embarcaron en el exterminio de los armenios, primero con las matanzas de la hamidiya otomana, compuesta básicamente por kurdos, y luego por el ejército otomano de Talaat y Enver Pashá.

Se calcula que un millón y medio de armenios fue aniquilado en este período. Una espléndida novela de Franz Werfel, Los cuarenta días del Musa Dagh, recrea la prueba brutal a la que fue sometida esta nación durante aquel período. A la matanza masiva siguió la diáspora, que vació los hogares milenarios de un pueblo que floreció en su máximo esplendor en las inmediaciones del lago de Van y del monte Ararat. El genocidio armenio fue el inicio de la desaparición de las comunidades cristianas de Oriente —siríacos, ortodoxos griegos, maronitas, palestinos, coptos—, que ahora está en sus momentos finales, con la práctica erradicación del cristianismo en Irak y Turquía y las emigraciones multitudinarias de los coptos de Egipto y de los maronitas del Líbano. Una limpieza étnica que no ha motivado la menor indignación entre los biempensantes liberales de Occidente, siempre dispuestos a facilitar la expansión del islam. Un muy buen libro de William Dalrymple (Desde el Monte Santo) retrata la extinción de los cristianismos originarios. Curiosamente, el único país en el que maronitas, armenios, ortodoxos y siríacos son tratados en pie de igualdad, la Siria baasista de Bashar el Assad, es atacada sistemáticamente por mercenarios wahabíes a sueldo de los aliados de Occidente, los “moderados” jeques de Arabia Saudita.

En las últimas semanas Artsaj ha salido en los medios de “información” occidentales debido a los enfrentamientos con las tropas azeríes en sus fronteras. Azerbaiyán cuenta con un activo tan importante como el petróleo, que hace que su presupuesto militar supere en mucho al de Armenia. Pero, sobre todo, Azerbaiyán disfruta del apoyo de la Turquía de Erdogan, dirigente enérgico y hábil que ha fortalecido a su país y lo ha convertido en una potencia hegemónica y casi imperial en el mar Negro y en el Cáucaso. Los azeríes son étnicamente turcos y musulmanes chiítas, pero su raza pesa mucho más que su religión y la influencia de Ankara y del kemalismo laicista es muy superior a la del chiísmo iraní. Armenia es mucho más pobre que su rival y además está encajonada entre Turquía y Azerbaiyán, lo que vuelve la situación de Artsaj muy difícil. Sólo la presencia de tropas rusas en Armenia y la oposición de Irán a la expansión turca en la zona mantienen un precario equilibrio estratégico.

El potencial explosivo del conflicto de Artsaj aumenta cuando se consideran los difíciles equilibrios que suponen el trazado de los oleoductos, la partición de aguas en el Caspio y otra serie de asuntos en los que Rusia, Irán y Turquía están irremediablemente mezclados. Turquía es un miembro de la OTAN, con un ejército potente y un firme gobierno islámico. El buen sentido de Putin y Erdogan parece haber reconducido la amenaza, pero no siempre estarán en el poder los mismos dirigentes y en Artsaj la OTAN tiene una buena oportunidad para debilitar a Rusia y para sacudir otro golpe demoledor a un pueblo cristiano. Estemos atentos. La lucha de Artsaj es la nuestra.