Las movilizaciones supuestamente antirracistas revelan la existencia de una nebulosa
militante que se enmarca en el llamado movimiento “decolonial”. Todavía desconocido por
el gran público, este movimiento persigue, bajo el pretexto del antirracismo, una agenda
política separatista.

Se reinventa el apartheid, se vuelve a los años 30 con el pretexto de combatirlo, se inquietael filósofo Pascal Bruckner. Antes de citar algunos eslóganes nocivos: “Sibeth traidor a suraza”, “muerte a los blancos”. Lemas escuchados durante una manifestación… antirracista (en París, el 6 de junio). Si bien la mayoría de los 20.000 participantes, conmovidos por las terribles imágenes de la agonía de George Floyd, estaba motivada por un sentimiento desolidaridad y de indignación sincera, la mayor parte de los organizadores pertenecían agrupos centrados en una determinada agenda política. Estaba el colectivo Adama, que yaestuvo maniobrando y cortejando a los radicales de los “chalecos amarillos”, igual que enla marcha contra la islamofobia. También la Liga de defensa negra africana, uno de cuyosrepresentantes fustigaba al Estado francés por “totalitario, terrorista, colonialista,esclavista”, mientras que otro activista la tomaba con Colbert, “ese gordo hijo de p… que escribió el Código negro”. La misma organización que aplaudió el derribo de dos estatuas de Victor Schoelcher en la Martinica. El político que se hizo famoso por haber participado en la definitiva abolición del esclavismo en Francia…

Una ideología importada
En realidad, detrás de las legítimas cuestiones del racismo o de los excesos policiales, las
movilizaciones de los últimos días revelan el avance de una nebulosa militante que se llama
“movimiento decolonial”. El movimiento decolonial continúa siendo desconocido para el
gran público, que lo confunde con un antirracismo tradicional. En un artículo apasionante,
publicado por la fundación Jean Jaurès en 2017, Gilles Clavreul, antiguo delegado
interministerial en la lucha contra el racismo y el antisemitismo y cofundador de
Primavera Republicana, intentaba hacer la radiografía y la genealogía de este movimiento.
Nacido en 2004, en el momento en que se votaba la ley que prohibía el uso del velo en la
escuela, el PIR (Partido de los indígenas de la República) de Houria Bouteldja, núcleo duro
del movimiento decolonial, proclamaba en su llamamiento fundacional que “Francia ha
sido y sigue siendo un Estado colonial”. La idea es simple: las potencias coloniales siempre
están actuando, pero de una manera diferente (es el postcolonialismo); y las personas
originarias de países antiguamente colonizados (llamados “sujetos postcoloniales” o
“dominados”) continúan siendo oprimidos, en particular, los musulmanes, que serían los
objetivos principales de un aparato público “racista e islamófobo”. En este sistema de
pensamiento, resumido por el último título del libro de Bouteldja (Los blancos, los judíos y
nosotros), el “macho blanco occidental” queda encerrado para siempre en el estatuto de
opresor, mientras que las minorías son siempre las víctimas.

Este nuevo antirracismo no solo desafía la legitimidad de las asociaciones antirracistas
tradicionales, sino que también cuestiona radicalmente el modelo republicano. La idea de
que las distinciones entre los individuos deben fundarse en el mérito y no sobre las
diferencias de color de la piel, de sexo y de religión, es descartada por hipócrita. La
corriente decolonial propone fundar la lucha contra el racismo en la exaltación de las
pertenencias étnicas, religiosas o de género. “La lucha de clases” es suplantada por “la
lucha de razas”, porque, según los indigenistas, es “la dominación postcolonial de los
blancos” y no “la fractura social” lo que explica la marginación de los hijos de la
inmigración.

Los decolonialistas están influidos por el multiculturalismo americano y, en particular, por
los estudios de “raza” y de “género” en boga en los campus estadounidenses desde los años 70. Irónicamente, estos últimos se inspiraron en las tesis de la French Theory,
popularizadas entonces por los filósofos franceses (Foucault, Deleuze y Derrida).
Metabolizados y manipulados por la izquierda identitaria americana finalmente fueron
reimportados a Francia a principios de los años 2000, seduciendo a los investigadores
“foucaultianos” y dando nacimiento a lo que podemos llamar un “postfoucaultismo racial”
(Caroline Fourest). Este retorno fue posible por lo que el sociólogo Mathieu Bock-Côté
denomina “la americanización de las mentalidades occidentales”, pero también
parcialmente favorecido, a principios de los años 2000, por el soft power americano. Tras
el 11 de septiembre de 2001, los progresistas norteamericanos estaban convencidos de que la promoción del multiculturalismo americano era el mejor medio para impedir la
expansión del islamismo radical en los países occidentales y así emprendieron un trabajo
de lobbying en los barrios periféricos de las ciudades europeas. Varios futuros líderes,
como Rokhaya Diallo (líder de la Fundación franco-americana), se beneficiarán de este
programa decolonial.

El laboratorio universitario
Aunque el movimiento decolonial difumina las pistas ideológicas, todavía es más esquivo e
inasible en cuanto forma un patchwork indistinto. El PIR aparece como la fuerza central
de este movimiento, pero está compuesto por una constelación de microcolectivos que
actúan sobre temáticas específicas que convergen sin formar, no obstante, un conjunto
estable. Además de la Liga de defensa negra y el Comité Adama, encontramos
organizaciones tales como Stop, el Colectivo contra la islamofobia, la Brigada contra la
negrofobia, los Indivisibles, que actúan contra las declaraciones supuestamente racistas de
las personalidades públicas, la asociación Lallab, defensora del “feminismo musulmán”
(sic) y promotora del uso del velo. La frontera entre el decolonialismo y el islamismo es
muy porosa: a la mañana siguiente de la matanza del Bataclán, Tariq Ramadan, figura
carismática de los Hermanos musulmanes, y Houria Bouteldja, presidenta del PIR,
celebraban un mitin conjunto contra “la islamofobia y el clima de guerra”.

Políticamente, el movimiento también mantiene vínculos informales con algunos partidos
de la izquierda radical: el NPA se fracturó por la cuestión del velo antes de operar un giro
comunitarista y antisionista. Algunos miembros de La Francia Insumisa, como Danièle
Obono, que defendía en la radio el derecho a decir “jódete Francia”, no ocultan su adhesión
a las tesis indigenistas. Algunos sindicatos también se alinean con los decolonialistas. El
sindicato Unef, históricamente laico y próximo al Partido socialista, organiza ahora
reuniones reservadas a los “racializados”, es decir, a los no-blancos. Asimismo, SUDEducación propone talleres no-mixtos (prohibidos a los blancos) y organiza cursos para
profesores para denunciar “los ataques racistas e islamófobos” en las escuelas
republicanas. Estos últimos, financiados por la Educación Nacional, son animados por figuras del antirracismo identitario como el antiguo presidente del CCIF, Marwan
Muhammad. Por último, el movimiento también tiene sus compañeros de ruta: los
sociólogos activistas. Éric Fassin, Geoffroy de Lagasnerie, artistas, la cantante Camélia
Jordana, la cual acusó a los policías de “masacrar” a personas por su color de piel, los
escritores Édouard Louis o Virginie Despentes, autora de una carta abierta en la que
explica por qué “ser blanco” constituye un privilegio.

Pero, sin duda, es en la universidad donde el decolonialismo progresa de forma más
espectacular. Durante mucho tiempo, la universidad francesa se resistió. El mismo término
de “raza”, banal en los Estados Unidos, era tabú en Francia, porque se asimilaba al
“racismo biológico”. Ya no es el caso. Ahora proliferan cursos, seminarios y tesis dedicadas
al tema. Autora de un ensayo sobre “el arte de lo políticamente correcto”, la investigadora
Isabelle Barbéris denuncia un auténtico sistema de cooptación en las universidades que
conduce progresivamente a la hegemonía de los decolonialistas, especialmente en el
ámbito de las ciencias humanas. Éric Fassin, profesor de sociología en la universidad de
París-VIII y embajador francés de la “interseccionalidad”, se hace cargo de las tesis
doctorales en la materia: el requisito es que las tesis y las publicaciones adopten los
esquemas de pensamiento llegados desde Estados Unidos. Para beneficiarse de los fondos
de ayudas, los estudiantes e investigadores se pliegan a estas exigencias. Por el contrario,
los que se oponen a esta deriva son censurados de por vida.

“Los Estados Unidos están invadidos por tal histeria moral sobre las cuestiones de raza y
de género que resulta imposible cualquier debate público racional”, escribe Mark Lilla en
su libro sobre “la izquierda identitaria”. Los profesores que no se someten se arriesgan a
frustrar sus carreras profesionales. Es el caso de Stéphane Dorin y de Laurent Bovet, que
osaron enfrentarse a los indigenistas.

Bienvenidos a la era identitaria
Francia parece adoptar progresivamente el mismo camino: la renuncia a la celebración de
conferencias de varias personalidades como Sylviane Agacinski o Mohammed Sifaoui bajo
la presión de asociaciones “feministas” o “antirracistas”… Y como en los Estados Unidos, el
discurso decolonial parece ahora infundirse más allá de las salas de conferencias y de la
esfera mediática. “Racismo de Estado”, “apropiación cultural”, “dominación blanca”, su
semántica racialista se normaliza en el debate público hasta el punto de que hasta el
director de France Télévision y el Presidente de la República, que hoy se lamenta de la
“etnización del debate, emplearon repetidas veces la célebre expresión “macho blanco”.
¿Representan las movilizaciones antirracistas y decolonialistas un punto de inflexión? El
politólogo Jérôme Sainte-Marie relativiza su importancia. Ante la crisis que se anuncia, las
principales preocupaciones de los europeos son, ante todo, económicas y sociales. Para Gilles Clavreul, por el contrario, “la cuestión identitaria se está convirtiendo en el telón de
fondo de todos los debates de la sociedad”. Y advierte que “la movilización puede agotarse
rápidamente, pero hemos entrado en la era identitaria”. ■ Fuente: Le Figaro

 

Alexandre Devecchio.

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