No hagamos como el ouroboros, la serpiente que, mordiéndose la cola, acaba transformándose inevitablemente, al igual que el capitalismo conservador, en aquello mismo que dice condenar.

Hace unos días, el diario El Mundo publicaba una entrevista con Jorge Martín Frías, director de la fundación Disenso, el think tank de VOX y el instrumento con el que se pretende ganar la guerra cultural al discurso progre. No podemos menos que saludar esta iniciativa, ya que cualquier barrera que se oponga a las fuerzas del nihilismo es necesaria, da igual su posición ideológica. El que se escuchen cada vez más voces disonantes en un país, el nuestro, donde hasta ahora todo era un balido monocorde salpimentado por algunos rebuznos, es una buena noticia.

Pero cuando analizamos los referentes de esta fundación nos asaltan serias dudas. El conservadurismo europeo debería preguntarse: ¿qué es lo que hay que conservar? Pregunta bien simple y cuya contestación es terrible: muy poco. Desde los años sesenta, cuando no desde mucho antes, los elementos básicos de nuestras sociedades han sido objeto de una obra de demolición brutal a manos de la intelligentsia progresista, que ha llegado a dominar por completo el ideario de nuestro tiempo. Hoy el establishment es de izquierdas, foucaultiano por más señas, y sostiene un plan radical de uniformización universal que pasa por un igualitarismo aniquilador de toda individualidad  y de toda jerarquía natural y hasta de la naturaleza misma. En esto estriba la primera paradoja del pensamiento conservador: hay muy poco que conservar; el orden existente es una aberración desde el punto de vista de cualquier persona con un mínimo espíritu europeo; por eso la tarea de un verdadero conservador hoy es la destrucción.

Por conservador entendemos, claro está, al que lo es de los valores esenciales de la tradición cristiana europea. Porque el conservadurismo vulgar, el del Partido soi-disant “Popular”, por ejemplo, es un ciego mantenimiento de lo que hay, o sea, del discurso progresista, y un avance hacia el nihilismo absoluto a una menor velocidad de lo que lo hace la izquierda. Pero el conservadurismo heredero de Reagan y de Thatcher, que reivindica González Frías, el de estirpe anglosajona, ¿hasta qué punto conserva?

La tradición anglosajona es individualista, cree en las libertades individuales concretas y en la propiedad privada, cosas en las que estaríamos absolutamente de acuerdo, sin duda. Pero también ese conservadurismo va más allá y tiene consecuencias sociales prácticas como son el desarrollo sin apenas control de la iniciativa privada, el crecimiento económico sin fin y el facilitar por todos los medios la creación de riqueza. Bueno, pues esa filosofía lleva de cabeza al capitalismo global y a su consecuencia lógica, el nihilismo economicista.

Por eso, la oligarquía global que hoy padecemos es el producto directo del thatcherismo y las reaganomics de los años ochenta, que fueron los vectores de fuerza de la primera fase de la globalización. Como el dragón que se muerde la cola, el ouroboros del capitalismo conservador acaba transformándose inevitablemente en lo que condena. Para comprobar cómo “conservan” los tories británicos, basta con ver una imagen del skyline de Londres antes de Thatcher y después de ella. La vieja ciudad de arquitectura clásica, cuyo perfil heredado de la escuela  de Wren y los historicistas neogóticos era tan peculiar, fue arrasado por los modernos bodrios arquitectónicos al servicio de una enloquecida especulación urbanística, que convirtió a la capital inglesa en un lugar apto sólo para cresos. De hecho, el Reino Unido es hoy un paraíso fiscal off shore para millonarios de todo el mundo. La Inglaterra islamizada, obscenamente plutocrática y desigual de Boris Johnson no es ningún ejemplo a seguir.

El que de verdad quiera defender los valores europeos deberá atender a una realidad que es la que ataca sin piedad la mundialización, porque sabe que ese es su verdadero enemigo: la comunidad nacional, depositaria de la soberanía. El problema de nuestro tiempo es la expropiación del poder social y político de las naciones por parte de una superélite de multimillonarios. Y con ella, por supuesto, la de la libertad de pensamiento, secuestrada por unos medios de comunicación de una homogeneidad ideológica sobrecogedora. Lo que está en peligro ahora mismo es la soberanía y la libertad de las naciones. No se trata de defender al individuo, sino a la comunidad nacional y a la persona, que sólo se puede desarrollar como ser libre dentro de ella, porque fuera de ella es sólo un individuo inerme ante las fuerzas incontrolables de la tecnología y el dinero. Por lo tanto, no es una respuesta individual la que hace falta para defender los valores tradicionales de nuestra cultura, sino una solución comunitaria. El conservadurismo anglosajón hace hincapié en valores como la familia y la libertad individual, pero al mismo tiempo favorece a unas fuerzas económicas que hacen imposible la continuidad de esas instituciones básicas.

El que quiera defender la tradición de Europa tendrá que optar por lo que ésta ha sido hasta la victoria de la modernidad: comunitarista, personalista y espiritual. Por eso mismo, anticapitalista, antiindividualista y antimaterialista. Frente a la omnipotencia del nihilismo de los mercados sólo se puede oponer una idea absoluta, intransigente, suprapersonal. No nos equivoquemos: en el fondo, se trata de una guerra de religión, de un concepto claro de la belleza, de la moral y del orden frente  a un relativismo suicida. Eso requiere negar la herencia de la Ilustración radical y volver a Platón, a San Agustín, a la Civitas Dei. Y la única forma de defender al hombre y a su proyección espiritual sobre el mundo, que es la propiedad, es impidiendo al capitalismo que siga expropiando, es resucitar el socialismo proudhoniano, incluso recoger algunos conceptos marxistas como el de lucha de clases, porque nunca ha estado más clara la división entre los pueblos y sus explotadores. En definitiva, conservar la identidad europea nos exige hoy ser radicalmente revolucionarios.

Ése es el verdadero disenso.